Redención en el pozo.
«¿Te ha pasado alguna vez que te has encontrado con alguien que, por alguna razón, te tiene manía, aunque tú nunca le hayas hecho nada? Quizás alguien le comentó algo sobre ti y esa persona se formó una imagen de ti sin siquiera haberte conocido. Este era el caso de la mayoría de los judíos y los samaritanos. Allí encontramos a Jesús, judío, que les dice a sus discípulos que le era necesario pasar por Samaria. En Samaria, encontramos a la mujer samaritana. La mujer samaritana tenía varias cosas en su contra. La primera es que era mujer. En aquellos tiempos, a la mujer no se le daba gran valor. Lo otro que tenía en contra era que no llevaba la mejor vida. Había tenido muchos hombres, muchos compañeros, pero ninguno de ellos era su esposo. Lo último es que, por su forma de vida, se mantenía aislada de la gente de su pueblo.
Jesús conocía la necesidad que tenía aquel alma y lo dispuso todo para darle la oportunidad de recibir el mensaje de salvación. Aquella alma necesitaba romper con las contradicciones y los odios del pasado. Jesús le habló con amor, con compasión. Quería llevarla al punto en el que ella reconociera su condición. Él le hizo preguntas que la llevaron a ver el pecado en el que estaba viviendo. Llegó el momento en que Jesús le dijo: «Bien has dicho: “No tengo marido”, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido». Y esto es lo único que Dios quiere de nosotros: que nos acerquemos a sus pies tal y como somos, con nuestras heridas, con nuestro dolor, con nuestros errores, y lo pongamos todo ante Él sin pretensiones.
Las palabras de Jesús no condenaban a aquella mujer; la invitaban a reconocer la situación y la condición en la que se encontraba. Él quería que ella comprendiera que le estaba ofreciendo una nueva vida. La venda de aquella mujer se cayó, y lo entendemos porque ella le dice: «Parece que eres profeta». A veces, como la mujer samaritana, hemos cometido muchos errores que hacen que las personas a nuestro alrededor nos descalifiquen y nos rechacen. Nosotros mismos nos despreciamos. Jesús conoce nuestra condición y, aun así, se acerca para redimirnos.
Qué hermoso sería que pudiéramos dejar a un lado lo que sabemos de otra persona y le diéramos a Jesús la oportunidad de realizar el cambio que necesitan. Si nos redimió a nosotros, puede hacerlo con alguien más. Jesús conoce nuestra condición y, aun así, nos elige para alcanzar a otros. Al conocer a Jesús, nuestro pasado ya no forma parte de la historia que contaremos; Él nos hace nuevos. Nuestro futuro es nuevo, está lleno de esperanza gracias al encuentro que hemos tenido con el Mesías. Nuestro pasado no nos marca para el rechazo; nos marca para un futuro en Cristo cuando nos rendimos a Él.
Puntos clave
- Ver más allá de los prejuicios
- Una invitación a la autenticidad
- Un futuro marcado por la esperanza
La historia de la mujer samaritana nos recuerda que Jesús conoce nuestra verdadera condición y, aun así, decide acercarse a nosotros para nuestra redención. A pesar de los estigmas impuestos por la sociedad —e incluso de la baja autoestima que ella misma pudiera tener—, Jesús le habló con amor y compasión. Él no vino a condenarla por su pasado, sino a ofrecerle una «nueva vida», invitándola a reconocer su necesidad de salvación.
Cuando nos encontramos con el Mesías, nuestro pasado deja de ser el elemento determinante de la historia que contamos. Al igual que el «velo» cayó de los ojos de la mujer, estamos llamados a dejar atrás las críticas de los demás y el peso de nuestros propios errores. Jesús redime nuestra historia para poder utilizarnos con el fin de llegar a otros, sustituyendo un ciclo de rechazo por un futuro lleno de esperanza y propósito divino.
